sábado, 5 de julio de 2025

La brisa y la noche

Él pensaba, sentado en su balcón mínimo, en un taburete desvencijado.
Caía la noche, la calle se vaciaba, y pensaba. El gato se enredaba en los barrotes oxidados del viejo balcón.
 Aunque era verano, la noche traía un frescor marino: estaba justo en la esquina de la calle que nacía en la rambla, y la brisa del mar llegaba sin respetar los semáforos, más ancha y sobre todo más alta e invisible.
Le traía ramalazos de su vida, fragmentos, imágenes, voces. Por ejemplo la voz de su madre pintándole un mundo benevolente y algo ingenuo.
El tiempo después desplegaría su muestrario de impertinencias. Él mismo se volvió más escéptico, mucho menos ingenuo. No tuvo otra opción.

Sin embargo  ahora pensaba en otra cosa. En la vida misma, y esa idea que venía a veces , y que ahora parecía traída por la brisa de la noche.

Sospechaba que , como algunos dijeron, este breve paréntesis donde vemos y sentimos algunas cosas buenas es apenas un recreo, un descanso en una eternidad oscura, decadente, dominada por potencias de corazón helado. Nos han permitido soñar un rato, inventarnos algo de bien en tanta oscuridad.

Calpurnio le dijo que la idea era interesante. Que no sabemos nada acerca de esas cosas pero que si aquellas potencias nos han permitido soñar con las cosas buenas de la vida, tan malas no tan de ser.

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